Hay un profundo agujero en tu ser, como un abismo. Nunca lograras llenar ese agujero, porque tus necesidades son inagotables. Tienes que tejer alrededor de él, de manera que el abismo se cierre en forma gradual.
Como el agujero es tan enorme y tu angustia es tan profunda, siempre estarás tentado de huir de él. Hay dos extremos que evitar: estar completamente absorto en tu dolor y estar distraído por tantas cosas, que te mantengas alejado de la herida que quieres sanar.
No le cuentes tu historia a todo el mundo. Solo terminaras sintiéndote mas rechazado. La gente no te puede dar lo que tu corazón anhela. Cuantas más esperas de la respuesta de la gente ante tu vivencia de abandono, mas te sentirás expuesto al ridículo.
Tienes que cerrarte al mundo exterior de manera que puedas entrar a tu propio corazón y al de Dios a través de tu dolor. Dios te enviara las personas con quienes puedas compartir tu angustia, que puedan llevarte más cerca de la verdadera fuente del amor.
Dios es fiel a sus promesas. Antes de tu muerte, encontraras la aceptación y el amor que imploras. No llegara del modo en que lo esperas. No seguirá tus necesidades y deseos. Pero llenará tu corazón y satisfará tu deseo más profundo. No hay nada más que esta promesa para agarrarse firmemente. Todo lo demás te lo han sacado. Aférrate con fe a esta promesa desnuda. Tu fe te sanara.
Debes desprenderte de tu padre y de las figuras paternas. Tienes que dejar de verte a través de sus ojos y de intentar que estén orgullosos de ti.
Pues, tanto como puedes recordar, has sido complaciente, dependiendo de que los demás te dieran una identidad. Necesitas no ver eso solo de modo negativo. Querías entregar tu corazón a los demás, y lo hiciste muy rápida y fácilmente. Pero ahora se te pide que te liberes de todos estos sostenes autofabricados y que confíes en que Dios es suficiente para ti. Debes dejar de ser complaciente y reclamar tu identidad como ser libre.
Integrar la espiritualidad en nuestra vida diaria puede ser transformador. No se trata solo de prácticas religiosas, sino de encontrar significado y propósito en lo que hacemos. Este artículo ofrece consejos sobre cómo cultivar una vida espiritual plena, incluso en medio del ajetreo diario, y cómo esto puede mejorar nuestro bienestar general.
¿Verdaderamente quieres convertirte? ¿Estás dispuesto a transformarte? ¿O quieres seguir agarrándote de tus viejos estilos de vida con una mano mientras, con la otra, le pides a la gente que te ayude a cambiar?
La conversión no es, con seguridad, algo que puedas causarte a ti mismo. No es una cuestión de fuerza de voluntad. Debes confiar en la voz interior que indica el camino. Conoces esa voz interior. A menudo te vuelves hacia ella. Pero, después de haber escuchado con claridad lo que se te pide que hagas, comienzas a formular preguntas, a fabricar objeciones y a buscar la opinión de todos los demás. Así es que te embrollas en incontables pensamientos, sentimientos, e ideas a menudo contradictorios, y pierdes contacto con el Dios que hay en ti. Y terminas dependiendo de todas las personas que has reunido a tu alrededor.
Solo atendiendo constantemente a la voz interior, puedes convertirte a una nueva vida de libertad y dicha.
En tu interior se ha producido una división entre la divinidad y la humanidad. Con tu centro dotado divinamente, conoces la voluntad de Dios, el camino de Dios, el amor de Dios. Pero tu humanidad está separada de esto. Tus numerosas necesidades humanas de afecto, atención y consuelo se conservan separadas de tu espacio sagrado y divino. Tu vocación es dejar que estas dos partes de ti mismo se vuelvan a unir.
Debes pasar gradualmente de gritar hacia afuera (convocando a las personas que crees que pueden satisfacer tus necesidades) a gritar hacia adentro, hacia el sitio en que puedes dejarte sostener y guiar por Dios, que se ha encarnado en la humanidad de aquellos que te aman en comunidad. Ninguna persona puede satisfacer todas tus necesidades. Pero la comunidad puede verdaderamente sostenerte. La comunidad puede dejarte experimentar el hecho de que’, mas allá de tu angustia, hay manos humanas que te sostienen y te muestran el amor leal de Dios.
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